Durante dos años, Amy Taylor había logrado mantener a su atractivo jefe a distancia. Pero una mañana todo cambió irremisiblemente. Ver a Jake Carter, un soltero empedernido, con el bebé de su hermana en brazos había hecho que la armadura de Amy se viniese abajo.
¿Qué importaba que hubieran perdido el control por una vez? La vida volvería a su cauce y seguirían trabajando juntos como si nada. Pero no fue así. Amy se quedó embarazada… de su jefe.
Resumén...
EL título del artículo en la tapa de la revista hizo que a Amy la invadiera una oleada de náuseas. Era una pena que no hubiesen escrito el artículo hacía unos meses. Así, ella quizás se habría dado cuenta de lo que sucedía con Steve y habría visto venir la bomba que le había explotado en la cara ese fin de semana. No se le habría ocurrido relacionar al artículo con Steve.
La rubia con quien la había engañado lo había encadenado con una tranquilidad pasmosa, y era Amy quien se había quedado libre, aunque no por ello era un espíritu libre. Era Masoquista por su parte agarrar la revista sabiendo que traía ese artículo, pero quizás necesitase leerlo para no tropezar en la misma piedra la próxima vez. Amy pensó en ello mientras pagaba la revista e iba por la calle Alfred hasta su trabajo, situado en el último bloque de oficinas frente al puerto en Milsons Point, una zona realmente privilegiada. La había plantado por una rubia, una rubia muy lista y embarazada.
Y menos con treinta y dos años. «Feliz año nuevo», pensó Amy con amargura, viendo cómo la soledad se extendía ante sus ojos. Quizás a los treinta se sentiría tan desesperada como para quitarle el novio a alguien. Amy frunció la nariz.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al entrar en el edificio, sintiendo que necesitaba la seguridad de su trabajo para luchar con la tristeza que la inundaba y que apenas si podía contener. ¡Hola! ¿Ya ha llegado el jefe? se dirigió a Kate Bradley. La vergüenza de las lágrimas la hizo evitar la mirada de la recepcionista. Además, mirar a Kate, una rubia guapísima, la típica elección de Jake Carter para un puesto de atención al público, le traería recuerdos demasiado dolorosos en ese momento.
Jake era madrugador y siempre llegaba al trabajo antes que ella. Tendría tiempo para recuperase antes de que sus perceptivos ojos se diesen cuenta de que algo le sucedía. -¿Has tenido un buen fin de semana? preguntó Kate, dirigiéndose a la espalda de Amy, sin sospechar nada. Peor no se pondrán las cosas, entonces -comentó Kate.
Las puertas del ascensor se abrieron y en cuanto acabó el trayecto hasta el despacho que compartía con Jake, se dirigió al cuarto de baño a componer su maquillaje. Una vez a salvo en la habitación, agarró varios pañuelos de papel de la caja que había sobre la coqueta y comenzó a limpiarse los ojos. Como la secretaria ejecutiva de Jake, estaba pendiente de todo, y además daba la imagen de la empresa. Jake había insistido en ello desde el primer día.
Había necesitado una coraza para mantener una relación meramente profesional con Jake. Era soltero y sin compromiso, pero las posibilidades de algo más que una breve relación carnal eran nulas. Lo que Jake tenía eran aventuras, y cuanto más emocionantes y variadas, mejor. Todas eran increíblemente guapas y no hacían nada por esconder que estaban dispuestas a lo que Jake Carter quisiese.
«Jake, el libertino» era el apodo que Amy le había puesto en secreto. Por lo que ella podía ver, apenas rascaba la superficie de quienes pasaban por su vida. Enseguida, Amy se había dado cuenta de que uno de los principales requisitos para conservar su trabajo era que su propia superficie tenía que ser impermeable a Jake Carter. Ella tenía a Steve.
Los ojos se le llenaron de lágrimas nuevamente. Sus arqueadas cejas y sus pestañas eran decididamente negras y sus ojos eran de un azul tan oscuro que parecían violetas. Era espeso y brillante y le enmarcaba el rostro con suaves mechones que hacían que la corta melena suavizara sus facciones angulosas, que tampoco estaban mal del todo. Los altos pómulos iban bien con el corte de su cara y, aunque la boca era un poco ancha, no quedaba desproporcionada con el ancho de la nariz.
Tenía la nariz recta y un largo cuello donde las joyas lucían con elegancia. Jake Carter no la habría contratado si le hubiese parecido lo contrario. Jake insistía en que el personal fuese tan atractivo como el resto de los productos de su empresa. Sin embargo, Amy sospechaba que Jake lo hacía por su propio placer también.
Tenía que olvidarse de Steve y de su futura esposa embarazada y concentrarse en hacer con su habitual eficacia las tareas que Jake le presentase. Se lo había puesto por no desperdiciar la cara compra que había hecho para la fiesta de Navidad de la oficina de Steve. Ahora se arrepintió un poco de haberlo hecho, pero ya no se podía volver atrás, y quizás el vestido sirviese para que Jake no se diese cuenta de lo que le sucedía. Metió la revista que había comprado en el último cajón, para no pensar en el artículo hasta que lo pudiese leer con tranquilidad.
Encendió el ordenador, se conectó a Internet y comenzó a imprimir los mensajes del correo electrónico. Se hallaba ocupada en ello cuando oyó abrirse la puerta del ascensor, en el pasillo que daba a su despacho. Los nervios la asaltaron nuevamente mientras pensaba en frases con qué defenderse. Probablemente, Jake pasaría por su despacho para explicarle el motivo de su retraso y luego se iría al suyo.
Se saludarían brevemente y despacharían el correo. Los lunes Jake tenía la costumbre de preguntarle sobre su fin de semana y Amy quería evitar que esto sucediera hoy. Lo mejor era olvidar el fin de semana pasado. No le apetecía comentarlo con nadie, y menos con Jake Carter, cuya curiosidad era más difícil de esquivar aún que su atractivo.
La puerta de su despacho se abrió de golpe y a Amy el corazón le dio un vuelco en el pecho. Mantuvo los ojos bajos, simulando estar concentrada en la impresora e hizo un esfuerzo por no mostrar cuánto la afectaba el atractivo de su jefe. Y por último, el abundante pelo oscuro y ondeado en el que brillaban unas canas, dándole un cierto aire de madurez, aunque tenía treinta y cuatro años. Se aferró a ese pensamiento mientras levantaba los ojos de las páginas impresas para saludarlo.
La mirada se le quedó prendida en el capacho que él llevaba.
Un bebé dormía plácidamente asomando apenas la cabeza y el apretado puño por la manta que lo cubría. Más o menos, respondió, los ojos chispeantes y traviesos. El resentimiento la hizo perder el control, atizado por el dolor de que Steve fuera padre, pero con otra mujer. Supongo que la madre estará de acuerdo con ese «más o menos».
¡Aja! dijo y juguetón, sacudió el dedo índice frente a sus ojos, haciendo que se pusiera aun más nerviosa-. Rápidamente, le dirigió una mirada fría como el hielo. -La madre de Joshua tiene total confianza en mí, afirmó él.
¿Qué gracia tendría, entonces? sus ojos relucían de malicia. -Estás decidida a frustrarme, replicó Jake, sacudiendo la cabeza. Ya sabes que para mí los retos son la sal de la vida, Amy. La madre de Joshua es mi hermana.
He aquí un sólido hombre de familia. Levantó el capacho y lo depositó en el suelo al lado del archivo.
¡Le estaba dejando el bebé a ella!
Amy se quedó mirando el bulto del capacho, el resultado de la intimidad entre un hombre y una mujer. Por algo así, Steve la había dejado. Por aquello, Steve se casaba con otra mujer. Y aunque le había sido infiel, de no ser por ese bebé que había acabado con una relación de cinco años, ella ni se habría enterado.
El bebé que esa rubia atrapahombres iba a tener... por el que Steve se sentía responsable. Un bebé se merecía tener a su padre. Ni se había dado cuenta de que Jake se había acercado a su mesa y tenía las cartas en la mano.
Me lo llevo a mi despacho, se dirigió a la puerta y al pasar hizo un gesto señalando el capacho.
Sintió que el resentimiento la carcomía nuevamente. Deberías llevarlo más seguido, dijo, guiñándole un ojo con picardía antes de desaparecer por la puerta y cerrarla suavemente. No pensaba cuidar el bebé de otra mujer, un bebé que no tenía ninguna relación con ella. Volvió a mirar al bebé, aún dormido plácidamente, totalmente ajeno a las emociones que despertaba en ella.
Jake Carter se divertiría con su sobrino. Probablemente a él le resultaría una experiencia nueva que una mujer lo dejara. Una maligna sonrisa se le dibujó en el rostro.
Comentarios
Publicar un comentario